Despedimos el verano prematuramente. Aquí sigue. Recordándonos las promesas que nos hicimos con la mirada perdida en el horizonte azul, los pies empapados por las últimas olas de un mar que se retira.
Esta crisis lo...golpea todo. Amigos acorralados por la amenaza del despido, gente hermosa y con talento sin posibilidad de encontrar trabajo. No existe la contratación nos liamos la manta a la cabeza. Sobrevivir. Resistir cuando todo parece derrumbarse, apretando los dientes y diciéndonos “pasará, la tormenta pasará”.
Hemos intentado acorralar la vida en algún bar, un lunes, muy tarde, sin coartada. Hemos pretendido que responda a las preguntas. ¿Por qué el sofá inhabitado, las maletas en la puerta, la soledad de nevera vacía, colada sin tender? Estar vivo no es fracasar. No lo es volver a hacer mudanzas, vaciar los cajones de sus medias y encontrar facturas, postales olvidadas, un billetes de metro caducado. Ahora es el tiempo del camino. De ahí somos finalmente.
Son demasiadas cosas. Es cierto. Sin conexión aparente. Pero esto es la vida. Y el empeño de uno es hacer de ello un relato y darle argumento. Y nuestra vida desde luego que lo tiene.
Y ahora hablemos de otra cosa. De vosotros. De la cola ante la primera dama por una cita, de los ratos interminables para hacer un papeleo, de la mirada transatlántica, del candil que tiembla en cada noche, por esos impagos que os desbordan y a los que no os quereis enfrentar. Que nuestro ejemplo sirva para evitar que caigais en los mismos errores.
No lloremos mi vida. No es culpa nuestra si el invierno nos desnuda en mitad de la estepa que hoy es España.
Si supierais lo que aprendí viéndoos despertar. Pero nada es justo en esta noche de cristales rotos, gritos desde la tribuna, Gólgota en la oficina del INEM, luces de emergencia parpadeando.
Aquí como allá, acecha la violencia y los remedios son los mismos, la mismas palabras gastadas, las mismas marchas y las pocas soluciones.